miércoles, 28 de agosto de 2013
Yo tengo un sueño
domingo, 8 de julio de 2012
De un desencuentro en una taberna
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción
domingo, 11 de diciembre de 2011
No sabía que en la guerra...
- Ty menya ponimayesh? -le dijo la muchacha.- Ty govorish po russki?
- Menya zovut Olya. Olya.- enseño a Jürgen una chapa identificadora que había encontrado entre su ropa y le señaló preguntando- ¿Jürgen?
domingo, 4 de diciembre de 2011
Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma
- Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma.
- ¿Qué pelotas te pasa, Josh? -Kyle estaba atravesando su fase de “pelotas”. Todo era “pelotas esto” o “pelotas aquello”, como antes había pasado sus fases de “cojones”, “narices” e incluso “caracoles”, que por suerte duró solo un par de semanas.- Te he llamado hace cinco minutos para avisarte de que venía, tío, ¿quién pelotas iba a ser?
- Tranquilo, estaba ensayando para el estreno, estoy algo nervioso.
- Tranquilo, Romeo, lo vas a clavar.
- Sí, lo voy a hacer de pelotas, seguro.
- Te sabes todo el papel, ¿no? -Preguntó a Josh, que miraba ausente por la ventana.
- Casi todo, sí.
- ¿Casi todo?
- Tranquilo, sé lo que tengo que decir.
- ¿Cómo que sabes lo que tienes que decir? -preguntó Kyle mientras seguía a su amigo entre los coches aparcados.- ¿Qué mierda de respuesta es esa?
- ¿Qué pelotas...?
- Te has quedado flipado, Joshy. Parece que nunca hubieras visto una chica.
- Es preciosa, Kyle. Es una locura, cada vez que la miro se para el tiempo. -Aunque le hubiera nombrado, Josh en realidad estaba hablando solo. Soñando despierto en la luna de Marte, como hubiera dicho la madre de Kyle si hubiera estado allí en aquel instante.- No creo que pueda existir nada más hermoso en el mundo. Es...
- Es la novia del capitán del equipo de fútbol. Fin de la historia, Romeo.
- Sí, supongo. -Dijo Josh, y empezó a cambiarse de ropa.
- Ahí está Josh. -dijo su madre cuando se abrió el telón
- shhh...
- ¡Qué bonito!
- ¡Shhhh!
domingo, 25 de abril de 2010
Se perdió el fin del mundo
Se perdió el fin del mundo por un maldito trasbordo.
Tal y como se temía, había perdido el vuelo a Munich debido al retraso en la salida de El Prat con dirección a París, y todo por culpa del volcán Eyjafjallajokull. Lo cual, bien pensado, resultaba de lo más irónico, teniendo en cuenta que aquella era la señal que llevaba esperando más de dos mil años. Dos milenios esperando el comienzo de la profecía (“El volcán en la isla teñirá el mundo de negro”) y él no llegaba tiempo por una mala resaca…
Lo cierto era que el trabajo de Ángel Exterminador nunca había estado nada mal. De hecho, había sido un verdadero chollo. Vacaciones pagadas, dietas por desplazamiento, alojamiento a todo lujo y un horario flexible. Por supuesto tenía épocas de estrés, como en cualquier trabajo, pero desde aquella historia de las plagas con los egipcios hacía cuatro mil años la cosa había estado bastante tranquila. Tanto que, sin darse cuenta, se había ido relajando más de lo conveniente. Era consciente de que su declive había empezado ya con los primeros emperadores romanos y sus fastuosas celebraciones: ahora la victoria en no sé qué batalla, luego, el cumpleaños de fulanito y más tarde, la ejecución pública de menganito. Chico, aquello sí que eran fiestas.
Al principio había soportado bastante bien aquél ritmo de vida. En cuanto se acostumbró a que los mensajes del jefe, cuando llegaban, lo hacían a primera hora de la mañana, no tuvo más que adecuar su horario para que todo funcionara sin sobresaltos. Así, en lugar de acostarse al llegar a casa desde las diferentes bacanales a las que sin excepción era invitado, aguantaba despierto hasta recibir la llamada del intermediario de turno. De esta manera conseguía dos cosas: aparentaba estar despierto y en marcha con el alba aún despuntando y después podía dormir hasta la llegada de la noche sin ser molestado.
Las cosas continuaron de mal en peor durante los siguientes siglos. O de bien en mejor, según se mirara. Cada nueva civilización emergente encontraba nuevas vías de depravación y lujuria, y el desenfreno reinante a su alrededor hacía que los años le parecieran segundos. Solamente durante la encorsetada época victoriana se vio obligado a bajar el ritmo, pero por suerte, y como todo lo malo de la vida, pasó dejando atrás toda su rigidez y sus malos rollos. Y la fiesta, una vez más continuó.
Continuó hasta el siglo XXI. Continuó, por supuesto, hasta el año 2010. Continuó, más concretamente, hasta el mes de abril de 2010. Y continuó, exacta, fatídica y estrepitosamente hasta la noche del 14 de abril de 2010. En circunstancias normales, es decir, en circunstancias pre-volcánicas, hubiera conocido aquella noche como la fiesta de las fiestas. La fiesta de las fiestas de las fiestas, y la licencia no hubiera sido exagerada. El alcohol voló, en lugar de correr, y las mujeres pasaron por sus brazos como hacía siglos, y no era una metáfora, que no pasaban. Los astros se habían alineado y el cielo se había abierto para él, pobre inmortal. Sí, sin duda, hubiera sido memorable si no hubiera sido, además, la noche anterior a la gran misión de su vida. El momento para el que, en teoría, llevaba milenios preparándose.
Estaba previsto que, al día siguiente de la “fumata” negra, como la llamaba el jefe, el cielo se tiñera de rojo sobre la ciudad de Múnich (en una ocasión le había preguntado al jefe por qué en Munich. Le parecía más apropiado comenzar la movida en Jerusalén o en alguna otra ciudad simbólica, había comentado. El jefe le había contestado que era una forma de equilibrar la balanza por el Oktoberfestival, y nunca más habían vuelto a hablar del tema).
Como íbamos diciendo, a las 17.23 caería un rayo en el centro de la ciudad y un coro de querubines anunciaría la llegada del Ángel Exterminador, es decir, él mismo. En ese momento bajaría del cielo armado con una espada de fuego sobre un carro tirado por caballos voladores. Y a continuación, lo típico en aquellos casos. El caos, la destrucción, el fin del mundo, todas esas cosas. Todo muy bien preparado y coordinado, una verdadera pasada, excepto por un detalle: él no bajaría con ninguna espada, ni montado en ningún carro sencillamente por que no le había dado tiempo a presentarse en su puesto a tiempo para el trabajo.
Y allí se encontraba por fin, tirado en aquél aeropuerto. Podía imaginarse la bronca que le iba a caer cuando los caballos bajaran sin espada de fuego y sin nada, no iban a asustar una mierda. En fin, no le quedaba otra que pagar los novecientos euros que le pedía aquél taxista pirata. Ochocientos por el viaje a Munich, y cien por que la espada no cabía en el maletero y la llevaba en el asiento delantero. Una cosa estaba clara: en cuanto comenzara el fin del mundo como el jefe manda y se le pasara aquél horrible dolor de cabeza, iba a ser el primero al que se cargara…
sábado, 14 de noviembre de 2009
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. No es que esparara que no estuviera, desde luego. A decir verdad, no hubiera sabido decir qué era lo que esperaba, así que decidió enfrentarse a los hechos, simples y rotundos: Él había despertado y el dinosaurio no había ido a ninguna parte.
Lo primero que pensó fue que ahora tendría que ponerle un nombre, aunque enseguida desestimó la idea. Los nombres, razonó, servían para diferenciar a unos individuos de otros, y sinceramente dudaba de que tuviera que diferenciar a aquél dinosaurio de cualquier otro. Así pues, dinosaurio estaría bien. Ya solo tenía que pensar qué hacer con él.
Observó al animal. Dormía. La respiración pausada, interrumpida de vez en cuando por resoplidos similares a ronquidos, le daba cierto aire plácido. No sabía si, una vez despierto, el dinosaurio sería igual de manso. No parecía ser carnívoro, y desde luego no parecía ser un tiranosaurio ni nada similar, aunque uno nunca podía saber si en algún museo no se habrían equivocado al colocar los huesos y en realidad el tiranosaurio no se parecía en nada a las reproducciones actuales.
En cualquier caso, lo mejor sería tomar tantas precauciones como fuera posible. Esperar y vigilar, pensó. Más adelante, cuando despertara el animal, si es que lo hacía, ya pensaría qué hacer. No creía que tuviera que esperar mucho. No sabía cuantas horas podía dormir un dinosaurio, estaba muy seguro de que si hibernaran lo recordaría de haberlo leído en algún sitio. Bueno, casi seguro.
Ahora, pensó, lo más importante es no dormir. Permanecer alerta pase lo que pase. Aunque estaba realmente cansado, y no conseguía recordar por qué.
Cuando despertó, el hombre todavía estaba allí.

