miércoles 21 de diciembre de 2011

Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción



Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción que no creía que pudiera descubrir en ella nada nuevo. Aún así, pensó que nunca la había escuchado como se merecía, y estaba dispuesta a darle una oportunidad diferente.

Sacó el CD de su caja y lo colocó con cuidado en la cadena. Después, y sin darle al play, encendió las velas que había colocado en los estantes de la habitación y en la mesilla. Disfrutó del olor de la canela y la vainilla mientras daba un trago a su copa de vino. La dejó en la mesilla, se tumbó en la cama y, entonces sí, pulsó el botón adecuado del mando a distancia. Cerró los ojos y empezó a dejarse invadir por el sonido suave de la percusión y por aquella melodía envolvente. El calor del vino le subía desde el estómago hasta el pecho y la cabeza, embriagando todo a su alrededor, y la música empezó a acariciarle los tobillos. Sólo en ese momento pensó en que nunca se había dado cuenta de lo erótica que podía resultar aquella pieza. Sí, erótica. Incluso se sobresaltó un poco al pensar en que pudiera sentir esa calidez después de tanto tiempo.

Sin apenas pensar en lo que hacía, una de sus manos comenzó a acariciar su pecho por encima de la camiseta. Apenas un roce, suave, estremecedor, que provocó un pequeño suspiro en sus labios entreabiertos. Normalmente, era mucho más directa a la hora de darse placer. No solía dedicarse mucho tiempo, ni entretenerse en caricias preliminares, pero esta ocasión era diferente. Esta vez, el vino y la música estaban haciendo su trabajo. Y la mano que rozaba su pezón, endurecido y anhelante, no era la suya, si no la de él. La mano que acariciaba su pecho, que jugaba con su contorno, que lo apretaba con suavidad, era una mano que conocía bien, porque lo había hecho en muchas ocasiones, pero no era la suya. Ni siquiera los dedos que subieron por su cuello hasta su boca, para que pudiera morderlos en las yemas y mojarlos con la lengua eran los suyos. Eran de la bebida, de la música y de él.

Los instrumentos de viento seguían ensartando la melodía, yendo y viniendo, atreviéndose a escalar desde sus tobillos hasta la parte posterior de sus rodillas, obligándola a abrir las piernas ligeramente para sentir su calor ascendente. Una de sus manos se había adentrado en su camiseta, y exploraba su tripa suave, su cadera, sus senos que temblaban a cada golpe de respiración. Más instrumentos se sumaban, aceleraban, giraban sobre sí mismos, inspirando a la mano atrevida a llegar más allá. Baja más, sube más. Es tu cuerpo y no lo es. Juega con él. Sé mala, sé buena. Sé muy mala. Baja hasta la línea de la ropa interior. Sí, ahí, justo ahí. Baja un centímetro más, acaricia, con suavidad, siente como tiembla...

Un jadeo se escapó de su boca cuando bajó de la línea prohibida. Un dedo se enredó juguetón en su escaso vello, y amenazó con encontrarse con su sexo, aunque en el último momento se retiró, lo que la excitó hasta un nivel que no creía posible en su timidez. La música, de alguna manera, era más fuerte, más insistente, le apretaba más el pulso en la sien y en la punta de los dedos. La empujaba a seguir, a dejarse llevar, a morderse los labios y arquearse en la cama. Dios, echaba tanto de menos unos labios a los que besar...
Metió por fin la mano dentro de su ropa interior, y se sorprendió de la humedad que encontró allí. Un gemido trepó por su pecho y a través de su garganta hasta estallar con la música cuando sus dedos curiosos comenzaron a jugar, primero uno, luego dos. Y de nuevo no era su mano, si no la de él, que siempre sabía cuando acariciar, cuando entrar, cuando amagar con llenarla completamente.

Abrió los ojos y allí estaba él, tendido a su lado. “Estás aquí”. “Sí”. “¿Por qué?” “Por la música. Y por el vino”. La besó, y sus bocas volvieron a unirse como entonces. Sus lenguas pelearon por invadir el espacio que la otra ocupaba, mezclando la saliva con la cadencia de los instrumentos que se sumaban a escalera de notas y matices que ya le envolvía las caderas. Su mano, esta vez sí, la de él, se abrió paso entre sus piernas y la llenó de calidez. Y ella se dejó llevar, sabiendo que él estaba allí por la música, y por el vino, pero también porque le había deseado. Y deseó más, deseó que no fueran sus dedos los que se abrían paso en su interior.

Le atrajo hacia sí, sobre ella, y disfrutó del peso que creía haber olvidado. El exacto de su cuerpo, desnudo, como desnuda estaba ella. Aquello que escuchaba podía ser un oboe. Sí, podía, o podía ser su respiración entrecortada. Un jadeo, su nombre susurrado, un mordisco en el cuello. El cuello, había olvidado lo sensible que era su cuello, cómo reaccionaba a sus labios como si fueran descargas eléctricas. Acarició sus brazos fuertes, su espalda, sus abdominales marcados, y bajó con impaciencia sus manos a su entrepierna. Se mordió los labios al comprobar su dureza y su calor. Estaba duro por la música, por el vino, y por ella.

Abrió las piernas para dejarle sitio, y con sus manos le guió. Echó la cabeza hacia atrás cuando sintió cómo la penetraba, cómo la poseía despacio, cómo llegaba hasta el fondo para después escapar de nuevo. La música les empujaba, acelerando el ritmo, apremiando con tambores y timbales el momento. Los besos dolían y sus lenguas querían devorar cada centímetro de piel a su alcance. Cada vez le sentía más rápido, más profundo. Clavó sus uñas en la espalda sudorosa, y se agarró a él como si cayeran por un precipicio. Y caían, la música en su pecho hinchado y el vino mareando sus sentidos les hacían caer.

Se dejó ir, ayudando con sus manos a que él empujara más fuerte, a que entrara más dentro de ella. Y al final ya no hubo amor, ni velas ni ternura, si no sexo, salvaje, anhelante, lleno de locura y pasión. La música marco el ritmo, su ritmo, el ritmo de los dos. Desea, acelera, empuja, muerde, clava, sí...

ahhhhhhhhhhhhh....

El orgasmo fue tan fuerte que creyó que iba a desmayarse. Cerró los ojos, se agarró con fuerza a las sábanas debajo de su cuerpo y disfrutó de los espasmos, que la hacían estremecer desde los tobillos a los hombros. Espasmos que acompañaban a los orgasmos más intensos y húmedos que recordaba haber tenido, siempre con él, aunque ahora no estaba él.

Pero había estado. Por la música, por el vino, y por que ella le había deseado.




domingo 11 de diciembre de 2011

No sabía que en la guerra...



No sabía que en la guerra hay monstruos más terribles que el hombre. No sabía hasta qué punto el hambre, la soledad, y sobre todo, el frío, pueden volver loco a una persona. Lo había visto en muchos de sus compañeros, y no solo en los que se habían suicidado. No sabía ninguna de estas cosas cuando se enroló en la Werhmacht con dieciséis años. Ni siquiera cuando fue asignado a la Operación Barbarroja un año más tarde, Jürgen tenía la menor idea de lo que la guerra podía llegar a significar. Cuatro meses después, sabía cosas que nunca hubiera querido aprender.

Las primeras semanas de campaña fueron relativamente fáciles. Tal y como el Führer había previsto, el Ejército Rojo cedió terreno y hombres con demasiada facilidad. La Luftwaffe destrozó la maquinaria de tierra enemiga, y los panzer del Reich masacraron las líneas de defensa cerca del río Dniéper. La división en la que se encontraba Jürgen avanzó imparable junto con el ejército del sur hasta situarse a las puertas de Kiev, donde ellos, los guerreros de la raza aria, obtuvieron una victoria guiados por la visionaria mano del Führer. Los ciudadanos saludaron a las tropas libertadoras con flores, y el ejército soviético sufrió una derrota total. Más de medio millón de soldados bolcheviques, según se decía entre las tropas, fueron ajusticiados, y otros tantos usados como mano de obra para la construcción de vías de suministro para el frente de batalla.

La euforia se desató entre las tropas. Tal y como Hitler había predicho, pronto Rusia estaría rendida a sus pies. Y después de Rusia, el resto del mundo. Jürgen se sentía pletórico y poderoso cuando les comunicaron que se dirigían hacia Moscú. Él, un humilde campesino de un pueblo cercano a koblenz, iba a participar de la caída de aquél gigante con pies de barro que amenazaba la supremacía de su país. Sí, en Septiembre de 1941, Jürgen se sentía pletórico. Tres meses después, vagaba solo y medio muerto entre la nieve y los cadáveres.

Cuando las tropas se pusieron en marcha hacia Moscú, había entre los soldados cierta preocupación por la llegada del invierno. Escaseaba la comida, y la única ropa de abrigo con la que contaban era la que requisaban a los campesinos locales. Sin embargo, la noticia de que a mitad de camino de la capital les esperaba un envío de víveres animó la expedición. Apresuraron la marcha y se abrieron camino entre las primeras nieves del invierno, sólo para descubrir a su paso desolación y muerte. Al parecer, los bolcheviques habían destruido todo en su huida. Las carreteras destrozadas, las casas derruidas y los campos arrasados se tomaron como un signo de rendición total entre las tropas, que sentían como próximo el éxito de aquella contienda. Casi no les quedaba comida, y la temperatura había bajado mucho en los últimos días, pero Jürgen estaba seguro de que pronto llegarían la comida y las ropas prometidas.

Pasaron dos semanas más, y los víveres no llegaron. Los termómetros, que sólo llegaban a los treinta grados bajo cero, habían dejado de ser útiles unos días atrás. La nieve cubría todo el panorama hasta donde la vista alcanzaba, y muchos soldados enfermaron y murieron por el hambre y el frío. También sufrieron algunas bajas por ataques de guerrilleros y minas escondidas en su camino, pero el frío era sin duda su peor enemigo. No había nada comestible a su alcance, y para cuando los mandos de su división se dieron cuenta de que aquella destrucción dejada por los soviéticos no era signo de rendición, era demasiado tarde. Se encontraban a más de un mes de marcha de Moscú, y el esperado envío de suministros había quedado en una fantasía infundada.

Varias subdivisiones, entre ellas aquella en la que estaba Jürgen, se escindieron del grupo principal, tomando la decisión de volver a Kiev en busca de refugio. Tras un enfrentamiento con el mando de la división en el que murieron muchos hombres, un grupo formado por dos sargentos y unos treinta soldados, entre los que él se encontraba, partieron hacia el sur. Sólo nueve días después, treinta y uno de los miembros de aquella expedición desesperada habían muerto congelados, de inanición o se habían suicidado. Sólo Jürgen vagaba por la nieve, sin rumbo fijo, y con la piel llena de heridas por el viento y la humedad. Cuando tras dos días de caminar en solitario tropezó con una raíz y cayó sobre la nieve, si siquiera tuvo fuerzas para acercarse su luger a la cabeza y acabar con aquella agonía. Sólo quería dormir, pensó. Dormir, morir, nada le importaba ya. Después se sumió en la oscuridad.

Un tiempo después, no sabía cuanto, Jürgen escuchó una voz dulce que le hablaba entre las tinieblas. No entendía lo que decía, pero quería escuchar, quería acercarse a aquella voz. Si había muerto, puede que le estuviera llamando desde las puertas del cielo de los guerreros. Hizo un esfuerzo por emerger, y la voz se tornó sonora y real. Finalmente abrió los ojos, martilleados por un terrible dolor de cabeza, y descubrió que no estaba muerto.

Se encontraba tendido en una cama, en una habitación de madera. Como tenía la cabeza elevada por una almohada, pudo ver que estaba tapado por mantas hasta el cuello. Intento mover el cuerpo pero no lo consiguió. La voz que le había despertado se acercó a él como una bella muchacha de tez pálida y cabellos negros como la noche, que se asomó a su campo de visión y volvió a hablarle.

  • Ty menya ponimayesh? -le dijo la muchacha.- Ty govorish po russki?

Jürgen consiguió mover un poco la cabeza, y negó en señal de que no entendía. Intentó hablar, pero tenía la garganta tan dolorida que le fue imposible articular sonido. La muchacha, en vista de que no la estaba entendiendo, se señaló con el dedo y se presentó.

  • Menya zovut Olya. Olya.- enseño a Jürgen una chapa identificadora que había encontrado entre su ropa y le señaló preguntando- ¿Jürgen?

El muchacho asintió, y una sonrisa iluminó a la muchacha. Era hermosa, y siguió hablando. De todo lo que dijo, Jürgen solo entendió las palabras “Obiéd” y “Jvátit”. Comida y suficiente. Dio gracias al cielo y a la muchacha por aquello. La joven salió de la habitación y al poco volvió con un cuenco de madera y una cuchara. Le dio de comer un poco de sopa caliente y algunos trozos de carne, y después se marchó haciéndole gestos de que debía descansar. Desde la puerta se giró y le dijo “Ty ochen krasivy”. Si el poco ruso que Jürgen comprendía no le engañaba, le había dicho que era muy guapo.

Pasaron los días, siempre con la misma rutina. Él dormía, la mayor parte del tiempo, y de vez en cuando, Olya le visitaba y le llevaba comida. A veces la muchacha se sentaba a su lado y le hablaba, y a pesar de que apenas entendía palabras y frases sueltas, a Jürgen le encantaba recibir su visita. La escuchaba hablar durante minutos, pensando en lo hermosa que era, y en lo que le gustaría poder entenderla y hablar con ella. Había aprendido ya varias palabras como “gracias”, “por favor” o “buenos días”, y le gustaba emplearlas para complacer a Olya. En otras ocasiones, él le hablaba, en alemán, de su familia y de su granja, y la muchacha escuchaba sonriente. Al rato se marchaba, y Jürgen volvía a dormitar en la oscuridad.

Una tarde, le intentó preguntar a Olya por el lugar en el que se encontraban. No había visto a nadie más que la muchacha, por lo que no creía que se tratase de ningún tipo de hospital. Pudo entender, por lo que le explicó la chica, que estaban en una especie de granja. La familia de la chica había conseguido mantenerla escondida y a salvo de la guerra, camuflando los caminos que llevaban hasta ella, y habían subsistido durante meses con lo que habían ido encontrando. Jürgen le preguntó por el resto de su familia. Quería darles las gracias por haberle salvado la vida. La muchacha recogió el cuenco de la comida, le dio un beso en la frente y se marchó sonriendo.

Pasaron más días, puede que semanas, y el muchacho no pensaba apenas en la guerra. En aquellos días, le parecía algo lejano y horrible que estaba pasando en un mundo muy diferente al que él habitaba. En su mundo solo vivían Olya y él, y los días duraban poco menos de una hora. En su lugar, otras preocupaciones empezaron a tomar cuerpo en su cabeza. Le preocupaba su estado. Seguía sin poder moverse, y, aunque la chica le había tranquilizado acerca de su salud, temía lo que pudiera encontrar si levantaba las mantas que le arropaban.

Había intentado preguntar a Olya sin tapujos si había perdido las piernas o alguna otra parte de su cuerpo, pero la muchacha sólo le contestaba con sonrisas y evasivas. Le traía comida, le hablaba, le escuchaba y se marchaba sonriendo. Nunca contestaba a sus preguntas, y Jürgen empezaba a preguntarse si no había algo que la muchacha no le quisiera contar. Un día discutieron por su insistencia, y la chica se marchó sin darle la comida. Jürgen se sintió mal, y no por no haber comido precisamente, si no por haber molestado a aquél ángel que le cuidaba cada día. Pasó muchas más horas despierto por la noche de lo normal, sobrecogido por el remordimiento y la angustia al pensar que quizá la muchacha no volviera al día siguiente. Sin embargo, Olya volvió.

Volvió sin comida, y con la mirada perdida, pero volvió. Las ojeras denotaban que había dormido poco, y la rojez de sus ojos que había estado llorando. Jürgen intento disculparse en una triste mezcla de su lengua materna y el poco ruso aprendido durante aquél tiempo, pero la muchacha no parecía escucharle. En lugar de eso, se puso a hablar con la mirada clavada en el infinito. Habló durante más de una hora, y Jürgen entendió, como pudo, la historia que su amiga, pues así la consideraba, le contó. Le contó como su padre y su hermano habían muerto a manos de los soldados alemanes cuando le sorprendieron recogiendo leña para hacer fuego en la granja. Como estos habían llegado hasta la granja, las habían violado a su madre y a ella y habían matado a todos los animales. También le contó como su madre había enfermado y muerto sólo unos días después dejando a Olya sola, al borde de la desesperación. Y por último, le hbló de cómo le había encontrado a unos cientos de metros de la granja y le había arrastrado a duras penas hasta aquella habitación y aquella cama, preocupándose de cuidarle.

Jürgen escuchó a la muchacha y lloró como hacía años que no lloraba. Lloró de tristeza por ella y por su familia, pero sobre todo lloró de rabia y de vergüenza por lo que sus compañeros habían hecho. Sintió asco por lo que representaba la chaqueta que colgaba de la silla junto a la cama, y tuvo que apartar la mirada de Olya cuando esta le dio un beso y se marchó. Ni siquiera pensó en decirle nada de la comida, pues dudaba que su estómago fuera a aceptarla. No durmió en toda la noche.

Al día siguiente, la muchacha le visitó por la mañana, sin comida y extrañamente radiante. Reía sin parar, e incluso le preguntó si tenía novia (“U tebya est lyubimaya?”) y le dio un beso en los labios. Habló sin parar durante una media hora y luego se marchó canturreando una canción. Jürgen pensó que volvería con comida después, pero no lo hizo. Finalmente el sueño venció al vacío de estómago, y se dejó llevar por la oscuridad.

En mitad de la noche se despertó, y Olya estaba sentada junto a él, mirándole fijamente. Se asustó al ver que la muchacha estaba llorando, y trató de moverse sin conseguirlo. La chica habló, de nuevo mirando al infinito, y le contó otra vez la misma historia acerca de la muerte de su familia. Jürgen escuchó. Olya habló y se marchó, y el chico no pudo volver a dormir en toda la noche.

Por la mañana, la chica volvió a aparecer feliz y radiante. Cantó, tarareó, y volvió a insistir a Jürgen acerca de lo de la novia. Cuando este, haciendo acopio de sus conocimientos de ruso le pudo decir que tenía hambre (“Ya hochu est.”), Olya rió y le dio un beso en la frente. Le dijo algo que el muchacho no entendió. Algo acerca de que la comida era para dormir. Se marchó riendo divertida y de nuevo no volvió en todo el día. Jürgen se sentía con hambre y muy débil, pero finalmente, se durmió.

Cuando se despertó por la noche, le dolía mucho el estómago, y pensó que era por el hambre. Cuando abrió los ojos, se horrorizó por lo que vio. Olya había retirado las mantas, y estaba abriendo su tripa con un cuchillo enorme. Estaba cortándole trozos de carne y dejándola en una bandeja que ocupaba el lugar que deberían haber ocupado sus piernas, en caso de tenerlas. Sin embargo, todo lo que quedaba de Jürgen era su tronco con la tripa abierta. No tenía piernas ni brazos, y cuando la muchacha le sonrió cariñosa con las manos llenas de sangre, Jürgen pensó en demasiadas cosas a la vez.

Pensó en la carne que había comido durante aquellos días. Pensó en que los soldados alemanes, sus compañeros, habían matado a los animales de la familia. Pensó en que desde que no comía, no dormía tanto, y en que Olya le había dicho que la comida era para dormir.

Pensó en que, si hubiera hablado ruso, aquella primera frase que incluía las palabras “comida” y suficiente” no hubiera significado lo que en un primer momento había entendido.

Pensó en que, durante aquél tiempo, la comida suficiente había sido él.

Luego, dejó de pensar.





domingo 4 de diciembre de 2011

Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma




  • Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma.
Kyle miró a Josh con una mueca de sorpresa desde el asiento de conductor del desvencijado Dodge de su padre.

  • ¿Qué pelotas te pasa, Josh? -Kyle estaba atravesando su fase de “pelotas”. Todo era “pelotas esto” o “pelotas aquello”, como antes había pasado sus fases de “cojones”, “narices” e incluso “caracoles”, que por suerte duró solo un par de semanas.- Te he llamado hace cinco minutos para avisarte de que venía, tío, ¿quién pelotas iba a ser?
  • Tranquilo, estaba ensayando para el estreno, estoy algo nervioso.
  • Tranquilo, Romeo, lo vas a clavar.
  • Sí, lo voy a hacer de pelotas, seguro.

Kyle rió la ocurrencia y arrancó el coche. Condujo a través del barrio residencial donde vivía Josh en dirección al instituto del que se despedirían al acabar el curso, un par de meses después. Al llegar, comprobó que el aparcamiento del JFK Memorial High School estaba prácticamente lleno. Tras dudar unos instantes, aparcó cerca de la entrada del gimnasio, en la esquina más alejada del auditorio.

  • Te sabes todo el papel, ¿no? -Preguntó a Josh, que miraba ausente por la ventana.
  • Casi todo, sí.
  • ¿Casi todo?
  • Tranquilo, sé lo que tengo que decir.
  • ¿Cómo que sabes lo que tienes que decir? -preguntó Kyle mientras seguía a su amigo entre los coches aparcados.- ¿Qué mierda de respuesta es esa?

En lugar de contestar, Josh le guiñó un ojo y entró por la puerta lateral del auditorio, sobre la que alguien había pegado una cartulina en la que ponía “Sólo miembros del helenco y personal autorizado”. Kyle se detuvo un momento en la falta de ortografía. Si aquello no lo había escrito Lornie, la jefa de cocina, él no se llamaba Kyle Vernon. Entró por la puerta y casi se cayó al tropezarse con Josh, que estaba parado en mitad del pasillo sin moverse.

  • ¿Qué pelotas...?

Y entonces, la vio. Paula Logan, Julieta, en la obra. El motivo por el que Josh se había quedado sin respiración. Apartó a este del pasillo para que no se chocara nadie más con él, llevándoselo al camerino de los chicos.

  • Te has quedado flipado, Joshy. Parece que nunca hubieras visto una chica.
  • Es preciosa, Kyle. Es una locura, cada vez que la miro se para el tiempo. -Aunque le hubiera nombrado, Josh en realidad estaba hablando solo. Soñando despierto en la luna de Marte, como hubiera dicho la madre de Kyle si hubiera estado allí en aquel instante.- No creo que pueda existir nada más hermoso en el mundo. Es...
  • Es la novia del capitán del equipo de fútbol. Fin de la historia, Romeo.
  • Sí, supongo. -Dijo Josh, y empezó a cambiarse de ropa.

Kyle le deseó mucha mierda, le dio un abrazo, y se fue a buscar un sitio en las primeras filas. Se sentó junto a los padres y la hermana de su amigo y pasó la siguiente media hora charlando con ellos mientras ojeaba el programa de la obra. Conocía a todos los del grupo de teatro, e incluso había asistido a varios de los ensayos, así que prácticamente se sabía el texto al dedillo. Las luces se apagaron, y, tras los primeros aplausos, el telón subió.

  • Ahí está Josh. -dijo su madre cuando se abrió el telón
  • shhh...

¿Por ventura amó hasta ahora mi corazón? ¡Ojos, desmentidlo! ¡Porque hasta la noche presente jamás conocí la verdadera hermosura!”

  • ¡Qué bonito!
  • ¡Shhhh!

La obra avanzaba hacia uno de los momentos favoritos de Kyle, la escena del balcón. Y allí estaba Romeo, hablándole a su Julieta, que le miraba desde la ventana con ojos de enamorada.

Pero, ¡silencio!, ¿qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el Oriente y Julieta, el sol! ¡Surge esplendente sol y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella, eres mas hermosa que ella!

En verdad lo eres, mi Julieta, y no solo en la noche del estreno.”

Kyle se removió en el asiento incómodo. Él había estado en los ensayos, y aquello no estaba en la obra. Nadie a su alrededor parecía darse cuenta, al fin y al cabo no conocían la obra. Sólo él y el señor Harrison, el profesor de literatura, miraban extrañados al escenario, donde Josh seguía con su monólogo sin hacer caso del apuntador ni de la mirada extrañada de Paula.

Cada mañana, desde hace cuatro años, me he cruzado contigo por los pasillos y me he muerto un poco por dentro. Cada mañana, desde el primer día, en el que me enamoré de ti, me he aferrado a tu sonrisa para seguir viviendo, y he maldecido el viernes que te separaba de mí.”

Vale, definitivamente, aquello no era de Shakespeare. Josh estaba cometiendo alguna especie de locura, y Kyle no dejaba de mirar hacia la zona en la que se sentaba el novio de Paula con sus secuaces. A pesar de que aquél gorila no fuera capaz de deletrear Shakespeare (a decir verdad, dudaba de que fuera capaz de deletrear Romeo), empezaba a darse cuenta de que algo estaba ocurriendo, y fruncía el ceño. Malo.

He intentado olvidar el grito que me agarrota el estómago cada vez que te veo besarle, y ya no puedo callarlo más. Ya no puedo callar a todas las células de mi cuerpo, que saben que eres para mí, igual que saben que la noche sigue al día. He nacido para amarte, y si miras en mis ojos, verás que estamos hechos el uno para el otro.”

La cosa se estaba poniendo fea. El señor Harrison se había levantado y había salido de la sala, seguramente para buscar al encargado del telón, y los del equipo de fútbol estaban ya susurrando mosqueados. Por no hablar del resto del público. Definitivamente, hasta los más despistados ya se habían dado cuenta de lo que estaba pasando.

Te quiero, Paula. Te deseo, te sueño, te espero, te necesito. Sueño con buscar tus tatuajes con la luz apagada, y con beber de tu sonrisa de cascabeles. Y sé que me dirás que sí, aunque tenga que plantarme en tu puerta todos los días de mi vida, aunque tenga que esperar veinte años. No me importará esperar. Amarte me hace seguir vivo, y daré hasta la última de mis lágrimas para hacerte feliz”.

El teatro estaba completamente revolucionado, y al ver levantarse a los del equipo de fútbol, Kyle se levantó de su asiento y se dirigió a la salida. Pensaba en arrancar el coche y esperar a Josh en la puerta trasera. En salvarle la vida, en definitiva. Cuando estaba a punto de salir, se giró hacia el escenario, y apenas pudo creer lo que veían sus ojos.

Paula bajó por las escaleras, con una sonrisa enorme en la cara y con lágrimas acariciando sus mejillas. Se acercó a Josh, que temblaba de la emoción, y cogió la cara del muchacho, que también lloraba, entre sus manos.

Cuando se fundieron en un beso dulce y apasionado, Kyle salió corriendo con una sonrisa en los labios. Tenía que sacar a aquellos dos de allí, y tenía que sacarlos ya.


domingo 25 de abril de 2010

Se perdió el fin del mundo

Se perdió el fin del mundo por un maldito trasbordo.

Tal y como se temía, había perdido el vuelo a Munich debido al retraso en la salida de El Prat con dirección a París, y todo por culpa del volcán Eyjafjallajokull. Lo cual, bien pensado, resultaba de lo más irónico, teniendo en cuenta que aquella era la señal que llevaba esperando más de dos mil años. Dos milenios esperando el comienzo de la profecía (“El volcán en la isla teñirá el mundo de negro”) y él no llegaba tiempo por una mala resaca…

Lo cierto era que el trabajo de Ángel Exterminador nunca había estado nada mal. De hecho, había sido un verdadero chollo. Vacaciones pagadas, dietas por desplazamiento, alojamiento a todo lujo y un horario flexible. Por supuesto tenía épocas de estrés, como en cualquier trabajo, pero desde aquella historia de las plagas con los egipcios hacía cuatro mil años la cosa había estado bastante tranquila. Tanto que, sin darse cuenta, se había ido relajando más de lo conveniente. Era consciente de que su declive había empezado ya con los primeros emperadores romanos y sus fastuosas celebraciones: ahora la victoria en no sé qué batalla, luego, el cumpleaños de fulanito y más tarde, la ejecución pública de menganito. Chico, aquello sí que eran fiestas.

Al principio había soportado bastante bien aquél ritmo de vida. En cuanto se acostumbró a que los mensajes del jefe, cuando llegaban, lo hacían a primera hora de la mañana, no tuvo más que adecuar su horario para que todo funcionara sin sobresaltos. Así, en lugar de acostarse al llegar a casa desde las diferentes bacanales a las que sin excepción era invitado, aguantaba despierto hasta recibir la llamada del intermediario de turno. De esta manera conseguía dos cosas: aparentaba estar despierto y en marcha con el alba aún despuntando y después podía dormir hasta la llegada de la noche sin ser molestado.

Las cosas continuaron de mal en peor durante los siguientes siglos. O de bien en mejor, según se mirara. Cada nueva civilización emergente encontraba nuevas vías de depravación y lujuria, y el desenfreno reinante a su alrededor hacía que los años le parecieran segundos. Solamente durante la encorsetada época victoriana se vio obligado a bajar el ritmo, pero por suerte, y como todo lo malo de la vida, pasó dejando atrás toda su rigidez y sus malos rollos. Y la fiesta, una vez más continuó.

Continuó hasta el siglo XXI. Continuó, por supuesto, hasta el año 2010. Continuó, más concretamente, hasta el mes de abril de 2010. Y continuó, exacta, fatídica y estrepitosamente hasta la noche del 14 de abril de 2010. En circunstancias normales, es decir, en circunstancias pre-volcánicas, hubiera conocido aquella noche como la fiesta de las fiestas. La fiesta de las fiestas de las fiestas, y la licencia no hubiera sido exagerada. El alcohol voló, en lugar de correr, y las mujeres pasaron por sus brazos como hacía siglos, y no era una metáfora, que no pasaban. Los astros se habían alineado y el cielo se había abierto para él, pobre inmortal. Sí, sin duda, hubiera sido memorable si no hubiera sido, además, la noche anterior a la gran misión de su vida. El momento para el que, en teoría, llevaba milenios preparándose.

Estaba previsto que, al día siguiente de la “fumata” negra, como la llamaba el jefe, el cielo se tiñera de rojo sobre la ciudad de Múnich (en una ocasión le había preguntado al jefe por qué en Munich. Le parecía más apropiado comenzar la movida en Jerusalén o en alguna otra ciudad simbólica, había comentado. El jefe le había contestado que era una forma de equilibrar la balanza por el Oktoberfestival, y nunca más habían vuelto a hablar del tema).

Como íbamos diciendo, a las 17.23 caería un rayo en el centro de la ciudad y un coro de querubines anunciaría la llegada del Ángel Exterminador, es decir, él mismo. En ese momento bajaría del cielo armado con una espada de fuego sobre un carro tirado por caballos voladores. Y a continuación, lo típico en aquellos casos. El caos, la destrucción, el fin del mundo, todas esas cosas. Todo muy bien preparado y coordinado, una verdadera pasada, excepto por un detalle: él no bajaría con ninguna espada, ni montado en ningún carro sencillamente por que no le había dado tiempo a presentarse en su puesto a tiempo para el trabajo.

Y allí se encontraba por fin, tirado en aquél aeropuerto. Podía imaginarse la bronca que le iba a caer cuando los caballos bajaran sin espada de fuego y sin nada, no iban a asustar una mierda. En fin, no le quedaba otra que pagar los novecientos euros que le pedía aquél taxista pirata. Ochocientos por el viaje a Munich, y cien por que la espada no cabía en el maletero y la llevaba en el asiento delantero. Una cosa estaba clara: en cuanto comenzara el fin del mundo como el jefe manda y se le pasara aquél horrible dolor de cabeza, iba a ser el primero al que se cargara…

sábado 14 de noviembre de 2009

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. No es que esparara que no estuviera, desde luego. A decir verdad, no hubiera sabido decir qué era lo que esperaba, así que decidió enfrentarse a los hechos, simples y rotundos: Él había despertado y el dinosaurio no había ido a ninguna parte.

Lo primero que pensó fue que ahora tendría que ponerle un nombre, aunque enseguida desestimó la idea. Los nombres, razonó, servían para diferenciar a unos individuos de otros, y sinceramente dudaba de que tuviera que diferenciar a aquél dinosaurio de cualquier otro. Así pues, dinosaurio estaría bien. Ya solo tenía que pensar qué hacer con él.

Observó al animal. Dormía. La respiración pausada, interrumpida de vez en cuando por resoplidos similares a ronquidos, le daba cierto aire plácido. No sabía si, una vez despierto, el dinosaurio sería igual de manso. No parecía ser carnívoro, y desde luego no parecía ser un tiranosaurio ni nada similar, aunque uno nunca podía saber si en algún museo no se habrían equivocado al colocar los huesos y en realidad el tiranosaurio no se parecía en nada a las reproducciones actuales.

En cualquier caso, lo mejor sería tomar tantas precauciones como fuera posible. Esperar y vigilar, pensó. Más adelante, cuando despertara el animal, si es que lo hacía, ya pensaría qué hacer. No creía que tuviera que esperar mucho. No sabía cuantas horas podía dormir un dinosaurio, estaba muy seguro de que si hibernaran lo recordaría de haberlo leído en algún sitio. Bueno, casi seguro.

Ahora, pensó, lo más importante es no dormir. Permanecer alerta pase lo que pase. Aunque estaba realmente cansado, y no conseguía recordar por qué.

Cuando despertó, el hombre todavía estaba allí.

martes 7 de abril de 2009

sólo quería un café...

Yo sólo quería un café y ¿ahora resulta que su destino está en mis manos?

Miro hacia mi izquierda y veo a la chica de pelo castaño mirándome con los ojos muy abiertos. Recuerdo que ha sido en lo primero que me he fijado al entrar por la puerta. Tiene cara de llamarse Sandra, o Mónica. Quién sabe. Y tiene una sonrisa prácticamente perfecta, radiante. Recuerdo que ha sido eso, la sonrisa, lo que ha hecho que el corazón se me desbocara. Es preciosa. No, no elegiré, y menos a ella, nunca.

Trato de calmarme para recuperar la perspectiva. Faltaban diez minutos para las ocho, y en la calle hacía frío. Así que he decidido entrar al bar de la esquina a tomar un café rápido, y puede que un donut o dos. He entrado, me he fijado en Sandra (o Mónica), y me he sentado en la barra junto a la caja. ¿Cuánto tiempo ha podido pasar hasta los golpes? ¿Cinco minutos? Puede que incluso menos, porque ni siquiera había terminado el café cuando he escuchado el primero. Sí, seguramente ha sido menos.

Miro también a mi derecha. Es el camarero el que me mira, un hombre de unos sesenta años. Tiene el pelo completamente blanco, se apellida Rubicosa y es incondicional del Atleti. Es lo único que sé de él. También que tiene dos fotos de un niño de unos diez años junto al calendario con la foto de su equipo. Será su nieto, supongo. Pienso en la chica. ¿La esperarán en casa? ¿Tendrá novio, o marido, o incluso algún hijo?

El frío metal sigue apretando mi nuca, recordándome que cada segundo que pasa cuenta. Recordándome que lo que diga pesará sobre mí el resto de mi vida. Empiezo a temblar mientras señalo a Rubicosa, a su nieto y a su equipo de fútbol.

- Lo siento. De verdad que lo siento.- digo sin mirarle a los ojos.

Luego, el disparo.

Después, la conciencia.

martes 17 de marzo de 2009

Ruidos

Es cierto. Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. Mis problemas para conciliar el sueño con normalidad llegaron a ser un impedimento en mi matrimonio hasta que me decidí a tomar medidas para poder descansar unas horas. Cuatro, cinco horas al día. Eso era lo más que los somníferos me permitían, y aún así muchas noches el llanto de la pequeña Estela, al otro lado de la casa, me despertaba y me impedía pegar ojo en toda la noche.

Mi mujer había decidido dormir en la habitación de la niña desde que nació. Yo entendí su decisión, por más que redujera nuestra vida conyugal prácticamente a cero. Hasta ese punto comprendía la dificultad de lidiar con el desasosiego de mis largas noches en vela. Las amaba a ambas, por eso intenté alejarlas todo cuanto pude de mi habitual mal humor. Y por eso, cuando mi esposa me comunicó su intención de pasar el verano en el pueblo de sus padres, me mostré más que de acuerdo. Serían tres meses separados, tres meses en los que la pequeña Estela comenzaría a regular sus horas de sueño a la vez que yo podría aprovechar para descansar.

El cuatro de Junio las llevé a ambas hasta el pueblo de mis suegros, a setenta kilómetro de Oviedo. Comí con ellos, me despedí de mis dos mujeres y regresé a Madrid, no sin lágrimas en los ojos durante buena parte del viaje. Lo hacía por ellas, me repetía a mí mismo para vencer las ganas de dar la vuelta en cada cambio de sentido. Por fin llegué a mi vacío piso a tiempo de cenar algo y acostarme. Era domingo, y conseguí dormir seis horas seguidas.

Durante la primera semana, la cosa pareció funcionar. Mi mujer me llamaba todas las noches por teléfono y ponía a la pequeña al aparato para que escuchara mi voz, pues aún no había empezado a hablar. Y cada noche, después de hablar con mi mujer, un par de pastillas me ayudaban a dormir cinco, seis y hasta siete horas sin molestias. Empezaba a pensar incluso que quizá para cuando volvieran pudiera haberme acostumbrado ya a un ritmo de sueño normalizado. Todo se andaría. O eso pensaba hasta la noche del lunes 12 de Junio.

Esa noche había recibido la llamada de costumbre de mi mujer y mi hija. Cada día las llamadas eran un poco más cortas, en parte porque empezaban a acostumbrarse a mi ausencia y en parte porque no teníamos demasiadas cosas que contarnos. La vida en el pueblo seguía tan imperturbable como siempre, mientras que mi trabajo en la asesoría no deparaba titulares demasiado excitantes. En concreto, una fotocopiadora rota fue el principal tema de conversación por mi parte de aquella noche. Colgamos a las once y cuarto, cené una pechuga de pollo sobrante del mediodía y recogí la cocina. A las doce de la noche ya estaba en la cama.

Fue hacia las tres de la mañana cuando empezó todo. Un estrépito de voces, risas y música me despertó desde el piso contiguo. Lo más sorprendente de todo es que la fiesta parecía haber surgido de la nada en un segundo. Estoy casi seguro de que, de haber comenzado el estruendo de forma gradual me hubiera despertado desde el primer instante. En lugar de eso, rompió el silencio como si fuera la última campanada del año. Me tapé la cabeza con la almohada y traté de recuperar el sueño, a pesar de que sabía que lo más probable es que me fuera imposible. Al cabo de unos minutos, las voces callaron para no aparecer en el resto de la noche. El sueño, sin embargo, no regresó. Traté de deducir quién viviría en aquél piso, pero teniendo en cuenta que pertenecía a otro portal de la misma urbanización era imposible que lo supiera.

Dos días después llegó la primera cena sin llamada del verano. El día anterior había estado demasiado irritable por la falta de sueño, y habíamos tenido una fuerte discusión. Si bien en lo referente a mal genio yo me llevaba la palma, mi esposa competía conmigo en orgullo y tozudez, lo que nos aseguraba como poco dos o tres días sin hablar. Después las cosas volverían a su cauce, siempre lo hacían, pero no sería ya en esa noche. Me fui a la cama aburrido mucho antes que de costumbre, a eso de las diez, y tardé más de una hora en conciliar el sueño.

A las dos de la mañana, las voces volvieron. Me desperté furioso, y golpeé la pared con el puño para llamar la atención, aunque dudaba de que pudieran oírme con aquél estruendo. Sin embargo, el aviso pareció surtir efecto, y el silencio volvió a llenar la oscuridad de mi habitación. Me dejé caer suspirando sobre la cama y miré el reloj de la mesilla. Las dos y diecisiete minutos de la mañana, y ya no iba a dormir más esa noche.

Durante esa semana y la siguiente, el incidente se repitió tres veces más, siempre entre las dos y las cuatro de la mañana. Los gritos, la música de piano y las risas irrumpían en mi descanso sin aviso previo y desaparecían al minuto, dejándome cada vez más agotado. En el trabajo me retrasé en varios informes, y recibí un toque de atención por parte de mi jefe. Con mi mujer las cosas no estaban mejor, sólo habíamos hablado dos noches en toda la semana y si no discutimos fue porque siempre me colgaba cuando empezaba a ver por dónde iba. Me molestaba en el momento, pero lo entendía.

Cuando había perdido ya cinco noches enteras de sueño, a mediados de Junio, tomé la decisión de trasladar mi lugar de reposo. Busqué por toda la casa, usando la alarma del despertador, el lugar más alejado al origen de mi agonía. Recorrí cada una de las habitaciones buscando el lugar con mejores condiciones, encontrándolo en el baño de la habitación de Estela. Intenté trasladar su cama allí, pero resultaba imposible sin desmontarla, algo para lo que no tenía tiempo ni ganas. Cogí todas las mantas y cojines que encontré en los armarios y los eché en la bañera. Comprobé que cabía dentro si doblaba las piernas un poco, y decidí que prefería aquello a pasar otra noche sin dormir.

La primera noche que dormí en la bañera conseguí sumar cinco horas de sueños sin sobresaltos. Ni siquiera el dolor de mis forzadas rodillas estropeó lo que fue una mañana bastante animada. Recuperé parte del trabajo atrasado antes de salir para la oficina y desayuné copiosamente, feliz por el acierto de mi elección. Sin embargo, poco duró mi alegría, pues dos noches después volvieron las voces.

Me había acostado en la bañera acomodándome de la mejor manera posible justo después de la cena. No había hablado con mi mujer, pero encontrándome bastante mejor, había decidido que al día siguiente la llamaría. Incluso empezaba a planear una visita sorpresa para el fin de semana, quizá el domingo. Y con esa visita sorpresa soñaba cuando la pared alicatada del baño comenzó a atronar. Me incorporé precipitadamente, clavándome en la cabeza el pico del estante dónde dejábamos las esponjas y los botes de gel. El golpe me provocó una punzada de dolor desde el cuero cabelludo hasta el centro de mi cerebro, confundiéndose con las voces de la fiesta. Me tendí en el suelo en posición fetal y esperé hasta que ambos, el dolor y la fiesta, remitieran en mi cabeza. Miré el reloj. Eran las dos y veinte de la mañana.

Por fin pasó todo, dejando como prueba de su paso un molesto palpitar sobre mi oreja derecha. Me puse la ropa en la habitación y fui a la cocina a preparar algo de desayuno. Esperé viendo el canal de teletienda hasta las siete en punto, hora a la que supuse que mi jefe estaría despierto de sobra. Le llamé al móvil y me excusé del trabajo. Estaba enfermo, le dije, y no había pegado ojo en toda la noche. Era verdad lo de que no había dormido, y pensé que tampoco iba muy desencaminado al decir que estaba enfermo.

Bajé al patio común de la urbanización y busqué durante quince minutos al portero de la finca. Le encontré barriendo la última planta del garaje comunitario, y sin demasiados preámbulos le pregunté quién vivía en el piso colindante con el mío. Me dijo que tendría que buscar los planos para poder saberlo, y que en esos momentos no sabía dónde estaban. En cuanto supiera alguna cosa no tardaría en decírmelo, añadió. Algo decepcionado regresé a mi casa con intención de sentarme a pensar con tranquilidad. Cuando entraba al portal, observe como un hombre de mediana edad manipulaba el buzón que correspondía a mi piso. No parecía cartero, y mucho menos repartidor de publicidad. De hecho, sólo parecía interesado en mi buzón.

- ¡Eh, oiga! –le increpé desde la puerta- ¿Qué coño está haciendo?
- Déjeme en paz –contestó mientras me apartaba con el hombro y salía del portal.

Apenas reaccioné debido al cansancio acumulado y al estado de desconcierto en el que me encontraba. Acerté a llevar la pequeña llave hasta el buzón para sacar una única hoja de cuaderno doblada por la mitad. La abrí y leí la amenaza contenida en su interior.

“Te voy a matar”

Una sola frase, sin firma ni explicación. Mejor dicho, una amenaza de muerte, sin firma ni explicación. Giré sobre mis talones y salí de nuevo al patio en busca de aquel extraño. Como por arte de magia, había desaparecido de la vista. Busqué de nuevo al portero para advertirle del incidente pero no le encontré por ningún sitio, así que regresé al piso con la nota todavía en la mano.

Una vez sentado en el sofá traté de analizar la situación. Al asunto de los ruidos nocturnos se sumaba ahora el desconocido que me había dejado la amenaza. Inspirado por el asaltante, decidí que mi siguiente paso debía ser averiguar como fuera quién me hacía las noches imposibles. Bajé al patio y esperé junto a la puerta del portal contiguo al mío, del que suponía llegaban los ruidos. Esperé a que saliera alguien para entrar, haciéndome pasar por un visitante cualquiera. Una vez dentro, anoté todos los nombres del segundo piso, subrayando los pertenecientes a las letras A y D, que debían coincidir con los extremos de la planta.

Subí las escaleras sin molestarme en encender la luz y llegué al rellano de la segunda planta con el corazón latiendo a mil por hora. No sabía que es lo que pensaba hacer a continuación, así que hice lo único lógico en ese momento, llamar al timbre de la primera puerta que encontré. Esperé casi sin respirar a que la puerta se moviera. Incluso no separé la vista de la mirilla, para advertir posibles movimientos furtivos que delataran alguna presencia. Nada. Probé con la siguiente puerta.

Después de no recibir respuesta en ninguna de las cuatro letras, bajé de nuevo las escaleras. Me sentí tentado a introducir notas amenazantes en los cuatro buzones correspondientes, pero finalmente contuve el impulso. En lugar de eso, salí a realizar algunas compras.

Regresé a casa a la hora de la comida, y aunque no tenía hambre en absoluto, me obligué a tragar un sándwich vegetal antes de utilizar la herramienta que había comprado en la ferretería. Cuando terminé, llevé el maletín con el taladro hasta la habitación y aparté la cama de la pared. Moví las mesillas de su sitio y escogí con cuidado un punto de la pared que me permitiera vigilar sin ser visto. Decidí que el lugar ideal estaba situado a unos veinte centímetros del suelo, cerca de la puerta y junto a una columna. Desde allí, si me tumbaba en el suelo, podría ver algo de lo que ocurriera en el piso de al lado sin que nadie reparara en mi presencia.

Probé con tres brocas diferentes hasta que di con una que traspasara los dos muros y llegara a una habitación. Miré por el agujero recién horadado, y pude ver una pared pintada de verde y lo que parecía la pata de una silla. No era gran cosa, pero si tenía lugar otra de aquellas fiestas estaría prevenido y podría…bueno, podría hacer algo. Preparé las mantas en el suelo y ni me molesté en recolocar la cama. No cené, y cuando el teléfono sonó antes de las once de la noche ni me molesté en levantarme de mi lugar de vigilancia. Debía estar alerta, no podía despistarme ni un segundo.

Cuando llevaba tres horas de vigilancia, empezó a vencerme el sueño. Para evitarlo, programé la alarma del móvil para que sonara cada quince minutos, evitando que perdiera la pista a lo que pudiera ocurrir. Sin embargo, no ocurrió nada. Por la mañana me levanté, me arreglé y acudí a la oficina excusando mi ausencia del día anterior.

El día se hizo especialmente largo y difícil. El jefe volvió a llamarme a su despacho, y me advirtió de que no habría más avisos si no mejoraba mi rendimiento. Al salir de su despacho, un compañero que pasaba por allí hizo algún comentario que interpreté como ofensivo, y le partí la nariz de un puñetazo, enzarzándome con él y con todos los que corrieron a separarnos. A decir verdad, cuando llegué a casa con la carta de despido en el bolsillo ni siquiera recordaba si el comentario había sido realmente ofensivo, aunque suponía que no.

Lloré durante más de treinta minutos tumbado en el sofá, hasta que me venció el sueño. Dormí durante dos horas, despertándome sobresaltado por el teléfono. Era mi mujer preocupada por la falta de noticias de la última semana. Le dije que estaba bien, muy bien de hecho. Había mejorado con mis problemas de sueño, mentí, y las cosas en el trabajo marchaban de maravilla. Demasiado estrés, añadí, y ella quiso creerme. Dijo que se alegraba de la mejoría y que tanto ella como Estela tenían muchas ganas de verme. Nos despedimos hasta el día siguiente. Volví a llorar, me levanté, e hice cuatro agujeros más en la pared.

Cuando llegó la noche, de nuevo no ocurrió nada. Yo me cambiaba de posición cada vez que la alarma del móvil sonaba, para no perderme ni un detalle de lo que ocurriera. Ninguna luz se encendió, y no hubo voces tampoco esa noche. Decepcionado, me duché y preparé un desayuno completo para tres, antes de recordar que estaba solo. Reí con la ocurrencia, y comí lo que pude de los huevos revueltos y el bacon y tiré el resto a la basura. Me pesé en la báscula del baño, y aunque lo hice justo después de comer por tres comprobé que había perdido casi once kilos en el último mes. Pensé que salir a dar un paseo me vendría bien, así que bajé a la calle y caminé durante lo que me parecieron horas por toda la ciudad.

Caminé con la mirada perdida sin fijarme en lo que me rodeaba bajo un sol de justicia. En un momento dado, me desperté en un banco de madera en un parque cercano a mi urbanización. No recordaba como había llegado allí, pero me encontraba realmente agotado. Volví a casa arrastrando los pies. Cuando llegué al patio interior de la urbanización, volví a ver al mismo tipo saliendo de mi portal. Instintivamente me escondí detrás de unos matorrales hasta que pasó murmurando por mi lado. Se metió en el portal contiguo, y desapareció dando un partazo. Cuando creí que el peligro había pasado, entré a buscar lo que me hubiera dejado en el buzón. No encontré nada.

Subí las escaleras de tres en tres y me metí a toda prisa en casa. Si aquél asesino había salido de mi portal sin dejarme nada en el buzón, significaba que había entrado buscando otra cosa. Había entrado buscándome a mí. Decidí que no saldría más a la calle de momento, no era seguro. Desconecté también el teléfono. Ya que mi nombre aparecía en la guía, no sería difícil de localizar para aquél desequilibrado. Llamaría a mi mujer en cuanto todo pasara, me prometí. Si es que pasaba, claro.

Pasé toda la tarde sentado en el suelo de la habitación, acurrucado contra la esquina opuesta a los agujeros. Había dispuesto frente a mí varios cuchillos a modo de defensa, y no apartaba la mirada de la puerta de entrada. Estaría preparado si aquél asesino volvía a por él. Estaría preparado. Y tratando de convencerme de aquello estaba cuando me quedé dormido apoyado en la pared. Dormí durante tres horas, sin alarmas de móvil ni sobresaltos, hasta que las voces irrumpieron con estrépito cerca de las dos de la mañana.

Me levanté de un salto tirándome de los pelos, y me eché al suelo para mirar por los agujeros. Me dio lo mismo, mirara por el que mirara sólo había oscuridad. Pensé que habían colocado algo a modo de pantalla, y la rabia por aquella idea me nubló la visión y las idea. Me di un cabezazo contra la pared con bastante fuerza, y enseguida noté como la sangre resbalaba por mi frente hasta mis ojos y mi boca. Y con el sabor de mi propia sangre en los labios tomé la decisión de abandonar toda precaución.

Bajé las escaleras sin molestarme en cerrar la puerta de mi piso, y atravesé el jardín hasta llegar al portal del bloque de al lado. Tuve mucha suerte, pues la puerta estaba solo entornada, y pude subir sin impedimentos hasta el segundo piso. Llamé, frenético como estaba, a todas las puertas a la vez y con insistencia. La puerta de la letra D se abrió y entonces lo vi. Vi al tipo que me había amenazado dos días antes vestido con un pijama. El malnacido pretendía estar dormido para volverme loco, pero no lo iba a conseguir.

- ¡Tú! –dijo con asombro señalándome- Maldito…

No fui consciente de que había salido de mi casa con un cuchillo de cocina en la mano hasta que no se lo clavé en el estómago. Noté como la empuñadura empujaba contra su abdomen y como la sangre manaba a borbotones, mezclándose con la mía en mi mano. La sensación me horrorizó y me alivió a la vez, y volví a sacar el cuchillo y a clavárselo sin parar hasta que escuché un grito detrás de mí.

No recuerdo nada de lo que pasó inmediatamente después. Puede que me desmayara, no lo sé. Sé que desperté atado a una cama en un hospital, y sé que en el juicio mucha gente dijo muchas gilipolleces acerca de mí. Por ejemplo, el portero dijo que aquél tipo se había quejado de mí por el ruido que hacía por las noches. Dijo que había protestado porque apenas podía dormir un par de horas debido a los ruidos de voces y música provenientes de mi piso. Menuda tontería.

Ahora estoy escribiendo esto desde la cárcel. No se está mal, si no fuera por los gritos de los reclusos y los llantos por la noche. Han vuelto a aparecer la música y las risas de la pared, pero ya no me molestan, no. No me han pillado dormido ni una sola noche, creo que ya no dormiré más. No creo que lo necesite. De hecho diría que me reconfortan en parte, me hacen compañía.

También mi mujer, que me llama una vez a la semana para contarme cosas de Estela. Y está bien así, una vez a la semana está bien.

Siempre pensé que hablar a diario era demasiado.