miércoles, 11 de marzo de 2009

Tarot

- Su amor fue tan intenso que les dejó con agujetas, ya me entiende, querida. –dijo la anciana guiñando un ojo a la rechoncha mujer. A la vez, guardó entre los pliegues de su ropa un billete de veinte dólares que acababa de cambiar de dueña segundos antes.

Había repetido aquella broma al menos treinta veces aquella tarde, porque sabía que funcionaba con sus crédulas clientas. Tantas veces como “Los amantes”, situada estratégicamente debajo del resto de cartas, había salido como última predicción, augurando amor eterno, pasión descontrolada y grandes noches de sexo furioso. Y dejando buenas propinas, pensó para sí la vieja. Así había funcionado siempre, y así estaba bien.

Cuando la mujer se hubo marchado, comenzó a recoger las cartas de la mesa en un gesto hábil, refinado durante muchos años de profesión. Pensaba cerrar la caseta con llave, dando por finalizada la noche, cuando el tintineo de cascabeles sobre la puerta de entrada le anunció una nueva visita. La última de la noche, estaba casi segura. Dos muchachas, una rubia y una morena de unos diecisiete años, puede que menos, entraron con paso indeciso.

- Pasad, bonitas. Madame La Perte os espera, y vuestro futuro también. –la chica rubia se sentó delante de la mesa con decisión y dejó sobre el tapete verde un billete doblado. La mujer la miró sin hacer caso del billete, tratando de adivinar en su mirada el verdadero motivo de su visita. Tenía que tratarse de amor, siempre era así cuando enfrente estaba una niña como aquella.

La otra muchacha, tras aguantar unos segundos de pie mirando hacia el techo con gesto incrédulo, se sentó por fin al lado de su amiga. La vieja notó enseguida la energía negativa que emanaba de ella, y supo que si no hacía algo al respecto podía convertirse en un problema. No un gran problema, ni siquiera uno mediano, pero un problema al fin y al cabo. La vieja esbozó una sonrisa sin dientes y posó su mirada enrojecida en la primera muchacha.

- ¿Cómo te llamas, preciosa? –preguntó a la chica de ojos azules.
- Carrie. Carrie Bradford, señora. Y ella es mi amiga Esther.
- Oh, vaya, ya no podrá usted adivinarlo. –dijo con un exagerado gesto de decepción la muchacha morena. La escéptica, como ya la llamaba Madame La Perte para sí.
- Carrie, querida, sé que vienes a preguntarme por un chico, quizás un compañero de clase o algún amigo. –dijo la vieja, sin dirigir la mirada a Esther y obviando su sarcasmo- Enseguida conocerás tu futuro, no te preocupes. Pero hay algo que debo decirle a tu amiga. Debo decirle, y quiero que tú me escuches, que sé lo que pasó en aquél coche la noche de la que nunca habláis. Sé que sólo te lo contó a ti, y sé lo que sufrió. Sé que prometió no volver a mirar a ningún hombre a la cara, pero ahora no se trata de ella, si no de ti. Y quieres saber, ¿verdad? De verdad lo quieres, lo veo en tus ojos.

Madame La Perte observó complacida como sus jóvenes labios se abrían en una cómica mueca, y se levantó de la silla. Acarició con sus finos dedos de uñas cortas su mentón huesudo y mantuvo la sonrisa desdentada mientras dejaba la baraja que había usado toda la tarde en una bolsa de cuero colgada de la pared. De un baúl cubierto por una tela roja sacó un cofre de madera grabado con un símbolo que representaba un sol y una luna sobre la tapa. Lo abrió cuidadosamente y sacó otra baraja, una mucho más vieja, mientras pensaba en los años pasados desde la última vez que la había usado. Puede que más de diez, descubrió con asombro. Sí, hacía mucho que no pensaba en aquella baraja.

- Bien, veamos lo que dicen las cartas sobre lo que te ha de ocurrir, preciosa Carrie Bradford. –dijo la anciana sin dejar de barajar el mazo de cartas, cambiándolo de mano a mano con rápidos movimientos. No iba a dárselas a ella para que las barajara, ni a pedirle que cortara o dijera un número al azar. Aquellas cosas no eran si no supercherías para niñas, como su abuela le había enseñado. Las cartas sabían, ellas siempre saben.

Colocó cinco cartas bocabajo sobre el tapete, y dejó el resto de la baraja a un lado. Miró a las muchachas. Carrie y Esther, Esther y Carrie. Apenas respiraban, sin quitar la vista de las cartas. Madame La Perte colocó un dedo sobre la primera de ellas, y se dio cuenta de que ella también estaba conteniendo la respiración. Era consciente de su propia excitación casi tanto como lo era del brillo que despedían aquellos mágicos naipes. No era un brillo detectable por la vista, era un fulgor que se alojaba en alguna zona situada entre el estómago y la entrepierna. Allá vamos, pensó. Empieza el baile y la princesa está esperando su corona, portaos bien, niñas.

La primera carta era “El extraño”.

- Hay un hombre, querida, pero no el que tú piensas. Es un desconocido que se te revelará pronto. Debes tener los ojos bien abiertos.

La vieja acarició el segundo naipe antes de darle la vuelta. “El camino”.

- Vaya…parece que vas a compartir con éste hombre misterioso algo más que una charla. Veo unión, y veo complicidad.

La tercera carta era “El castillo”.

- Será está noche. Irás con él, si te lo propone, pues estás a punto de conocer al hombre de tu vida. Veo una fiesta en su casa. Habrá risas y diversión, no debes temer nada malo.

Madame La Perte se fijó en como la respiración de Carrie corría desbocada y el rubor que teñía sus mejillas crecía por momentos, y se permitió unos segundos de demora antes de levantar con cuidado el cuarto naipe y darle la vuelta. Una vez más, era “Los amantes”, aunque en esta ocasión la anciana no tenía nada que ver con su aparición.

- Vaya, querida, creo que no hace falta que te diga qué significa esta carta.-las dos muchachas rieron con nerviosismo, y la vieja notó como Carrie humedecía sus labios con la lengua. Estaba excitada y emocionada, y no era para menos. Las cartas estaban hablando.

Giró la quinta y última. “El destino”.

- No hay más que hablar, preciosa niña. Es tu destino, esta noche conocerás al hombre que estabas esperando con anhelo.-los ojos de Madame La Perte se quedaron completamente en blanco, como si hubiera entrado en alguna especie de trance. De pronto, agarró la mano de Carrie y comenzó a hablar con voz pausada- Se te presentará esta noche, en tu camino a casa. Ahora mismo está despidiéndose de sus amigos en algún lugar lleno de gente, se marcha a dormir, aunque de alguna forma presiente que va a conocerte. Te verá, y te amará al instante. Debes ir con él, pues es tu destino.

Los ojos de la vieja volvieron a despertar cuando la muchacha retiró la mano. Estaba completamente alterada, incluso se despidió con un sonoro beso en la mejilla de Madame La Perte antes de salir corriendo tirando de la mano de Esther.

- ¡Gracias, muchas gracias! –gritó mientras salía de la caseta- ¡Nunca la olvidaré!
- No, no lo harás, preciosa.-contestó la mujer con un susurro apenas audible.

Se dejó caer en la silla, y tomó en sus manos el resto de la baraja. Las chicas se habían marchado, pero el baile no había acabado, no señor. Continuaría sobre el tapete para mostrar toda la verdad. Sus hábiles manos cortaron dos veces la baraja y sacaron otras cinco cartas, que colocó cuidadosamente bocabajo sobre cada una de las que había levantado para la muchacha. Se quitó el pañuelo de la cabeza dejando al descubierto un cráneo casi completamente calvo, con apenas mechones sueltos de pelo aquí y allá. Lo dejó en la mesa con cuidado y pasó distraídamente el dedo índice sobre los naipes ocultos. Echó hacia atrás la cabeza y cerró los ojos, inclinándose hacia un lado como cuando uno presta atención a lo que escucha.

Empezó no sólo a escuchar, si no incluso a ver. Sus ojos se movieron frenéticos bajo sus párpados a medida que las imágenes iban llegando a su mente. Su boca se ensanchó en una sonrisa mientras iba comprobando que las cartas ocultas eran exactamente las que ella había imaginado. “El acantilado”, “La rueca”, “El bufón”, “La muerte”…

Madame La Perte abrió los ojos y estalló en una violenta carcajada. Pensó en que podría haber avisado a la niña acerca del misterioso desconocido. Haberla alertado quizá de que esa misma noche alguien iba a llevarla a su casa y a violarla. Incluso, se dijo entre convulsiones, podría haberle dicho dónde iba a encontrar la policía su cuerpo decapitado una semana después.

Sin embargo, la anciana también pensaba en su propio futuro. Pensaba en el cáncer que estaba destrozando su estómago en fase terminal. El médico no había hecho si no confirmarle lo que ella ya sabía: Apenas le quedaban dos meses de vida.

Se levantó de la silla, caminó lastimosamente hasta la puerta y cerró con doble vuelta el cerrojo de la misma. Regresó hacia la mesa para terminar de recoger su preciada baraja. Antes de hacerlo, giró la quinta carta oculta, aquella que ocultaba la figura del extraño, el destino de Carrie Bradford.

El Diablo.

El dolor le obligó a doblarse de nuevo en la silla sin que las carcajadas dejaran de llenarle la boca sin dientes. Un asqueroso cáncer comiéndole por dentro, como tantas otras cosas, herencia de su abuela. ¿Qué más daba si, mientras tanto, se divertía un poco?

4 comentarios:

Carlos dijo...

Un magnífico relato Aarón.Fuerte eso sí,lo del cancer,que hielome la sangre al leerlo,fue como si de esa maldita enfermedad no librasen ni los de este mundo ni los que saben de los misterios del otro.
Consigues entremezclar el género negro con el de terror en una historia de suspense y tensión describiendo muy bien al personaje.
Una gran reaparición!
Un abrazo killo

Brujita dijo...

me has enganchado de principio a fin.... genial,,de verdad

Besines embrujados

Virginia Vadillo dijo...

Reconozco que cuando escribí la frase, también pensé por un momento en ese tipo de agujetas! XDD
Me ha gustado mucho el relato, muy diferente al resto... no me quedo a gusto si no digo: ¡¡¡pero qué cabrona la pitonisa!!! XDD

Sara dijo...

Me resulta curioso el hecho de que no escribes mucho pero, cuando lo haces, tenemos como resultado una historia como esta: absolutamente perfecta. Dime tú si eso no es talento del bueno.

Un saludo ;)